El Motel Ideal

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Este texto fue escrito en colaboracion con Pepita Dos Puntos, siguela en @Pepita2puntos

Estas tardes lluviosas no dejan de sorprenderme. Resulta que era un jueves cualquiera, esperaba en un bar a mis amigas, no iba por acción, no iba coqueta ni sensual, era simplemente yo. Una Pepita libre, sin culpas ni remordimientos que vive con una sonrisa inmensa su día a día. Llegó él, empezó a hablar y hablar… terminó explicándome de su página web sobre hoteles de paso. Yo no hice comentario alguno. Siguió hablando. Pero… pareciera que me conocen… tocó el punto en donde Pepis cae rendida: me acarició el cuello y recorrió un poco de mi espalda descubierta con un tremendo escote mal alineado. Tuve que confesar: “soy Pepita, la de los moteles”.

Una noche cualquiera que se convirtió en una noche perfecta. No se si fue la calentura, los alcoholes, la hierbita vaciladora que hace sus efectos en el momento indicado, o simplemente el destino que quería cachondear con nuestros cuerpos, ¿y por qué no? si al final, él es quien manda en esto y en muchas otras cosas. Ella Jiménez y yo de Paso… ambos amantes del moteleo… y las artes del coqueteo…

Todo inició en un lugar desconectado de la realidad del cual prefiero omitir el nombre. Así que después de preguntarnos dónde dormiríamos cada uno, se nos ocurrió la maravillosa idea de coincidir en ese (y otros) aspectos. Compartir sudor, caricias y una que otra mordida de aquellas que duelen y que gustan…

Puedo apostar que nunca lo hago, pero me olvide de mis amigas. Seguí hablando con ese “desconocido” que entendía perfectamente mis “jaloncitos en la entre pierna cuando conocía un hotel nuevo”. Él tan orgulloso seguro le contará al mundo que caí a sus pies, a sus encantos y que él fue víctima del alcohol y las drogas. Pero da igual, terminamos encontrando las miradas para perdernos al ritmo del placer (el sexo me ha hecho poeta de banqueta, wtf).

Así fue como terminamos en donde teníamos que terminar…en uno de esos templos lúgubres del sexo por horas, de la pasión con límite de tiempo y del arte del escondite coquetón… del potro, del agua y del buzón rotativo… Lugar para no recordar, para dejar en el olvido por ser uno más…

En ese cuarto, nos dimos (a la tarea pues) de definir el motel ideal…el lugar de donde no quisiéramos salir nunca más… ni para tomar aire… ni mucho menos por querer regresar al Godineo habitual…

Mi motel ideal, mi querida Pepita, tiene agua, vapor, cristales y alberca… no hay límite de tiempo y no hay restricciones… sala de masajes y me reconoce por mis hábitos sexualosos, sabe cuándo y como apagar la luz y cambiar la música…

Me tocó al ritmo que descubrimos el cuarto, no nos aguantábamos y nos mordíamos las nalgas desde que íbamos subiendo. Me cargo y me apretó en plena puerta, lengüetazos en el cuello dignos de recordar. Aprovechamos todos los espacios, él entendía la magia de cada pedacito, la regadera y la hermosa sensación de agua caliente corriendo por un cuerpo desnudo y erizado, el lavabo, el clóset, la cama, el sillón, el potro, los espejos los explote como nunca, no importaba que tan lejos tuviera su cara de la mía, en cada espejo encontré su síntomas de placer.

De verdad que lo disfrute.

Terminamos muertos, sedientos, hablamos… (él no para de hablar)… me preguntó por mi motel ideal. Me acordé que no hace mucho empecé a divagar con el tema… y conteste, casi como recital de primaria:

  • Tendría un techo retráctil para coger al aire libre, o con lluvia o con aire helado.
  • Habría agua para beber por montones y cientos de juguetes sexuales, obvio lubricantes y condones incluidos.
  • Tendría espejos con multi-ángulos.
  • Contaría con mi música favorita.
  • No habría funda de plástico en el colchón, ni jabón Rosa Venus.
  • Habría habitaciones temáticas y disfraces a la medida.
  • Daría puntos por ser cliente frecuente.
  • El roomservice tendría frutas y cosas untables.
  • Tendría luces tenues y aromaterapia.
  • Llevaría mi nombre.

Obvio se río.

Uno nunca sabe donde acaba el día… ni qué lugares pisa y mucho menos con quién va a terminar… y agradezco que haya sido con la Jiménez, quien de día vive atrapada en una oficina esperando el momento en el que vuelva a atravesar ese umbral que divide a una calle cualquiera del mundo motelero.

En serio que la vida te regala momentos increíbles y con él (de quién por cierto no recuerdo el nombre) tuve una experiencia deliciosa: múltiples fantasías cumplidas en una noche.

Terminamos pagando una ronda extra de alcoholes, de hotel y condones. A la mañana siguiente me fui muy temprano, no quería estropear el momento con melosidades y niñerías.